AGRUPACIÓN DE LUCHA LEONESA
  "LOS LUCHES, LOS LUCHES...! (Narración sobre un desafío épico)


¡¡ LOS LUCHES, LOS LUCHES...!!

 Eran ya las cinco de la tarde. Todo parecía dormir en calma bajo aquel sol cuyos ardores cruzaban el ambiente en oleadas de fuego. Dormía la aldea, tranquila y silenciosa; dormían allá abajo los pueblos recostados en el regazo del valle, que aparecía como un lago lejano de esmeralda brotado en un repliegue de la tierra; los campos agostados de la llanura, con sus poblados surgiendo entre las manchas de los verdes cultivos, parecían sentir también el aliento seco  de aquella siesta calurosa y susurrante; el suelo, viejo ya, descubría las arrugas de su frente en los surcos rasurados por la hoz y la guadaña, y mostraba su amarillenta desnudez, que el sol aún seguía castigando con llamaradas de fuego;  arriba, dormitaban los montes, en cuyas cañadas y laderas reverberaban los rayos de sol, que iban tiñendo el cielo de un color plomizo; y más arriba, allá lejos, muy lejos, en el último límite, erguíase la montaña azulada, rasgando las nubes con los agudos peñascos de sus cimas, como púas enormes que peinaban los flecos agrisados de aquel  cielo.

   El pueblo parecía querer tomar parte en el sueño de la tierra, abrasada por  la lumbre de aquel sol, y, sintiendo el empacho de tanta gente, iba expulsando de su seno, como para dormir mejor en calma, a la muchedumbre inquieta y bullidora, que acudía a reunirse en el campo y se apelotonaba allí en informes grupos para disfrutar de la Fiesta a su placer.

   La era ofrecía el aspecto de una inmensa alfombra, cuyo amarillento verde rasgaba las manchas de sol, los grupos compactos de aquella multitud y los rastros que las mieses antes de ser recogidas, habían dejado allí al despedirse la madre tierra, dándole el último beso de amor.

   Divertíase la  gente del pueblo; todos, endomingados, tomaban parte en aquel regocijo; allí en medio del campo se jugaba y se bebía, bailábase también; lloraba sus notas la dulzaina, como oprimida por el ronco trepidar del tamboril; danzaban las mozas; hería la pólvora, con sus detonaciones, aquella atmósfera opalina; disputábanse algunos mozos el campeonato de agilidad, mostrando en carreras locas y desenfrenadas la ligereza de sus pies; y todos bullían produciendo un zumbido monótono, como el de una gran colmena que sintiera fiebre de actividad y de trabajo.´

   Como alguien dijo, aquello bien se podía equiparar a una auténtica revolución.

   Pero, al fin, cesan las carreras, interrumpiese el baile, terminó el jugar, se suspendió el beber y todos se sintieron atraídos por los gritos de entusiasmo que anunciaban el número emocionante de la Fiesta:

   -¡Los Luches! ¡Los luches…!

   Los Luches iban a empezar.

   Formose el Corro en medio del campo, y todos, confundiéndose, se apiñaron allí: los naturales del pueblo y los demás comarcanos, venidos de cinco leguas a la redonda para presenciar aquel desafío entreLa Terruca y La Ribera.

   Comenzaron aquel certamen varios muchachuelos, iniciados en tales ejercicios de resistencia física: cachorros ya avezados en los alardes de vigor; brotes tempranos de aquel plantel de atletas, para quienes la fuerza en los músculos era la primera virtud del hombre.

   El juego infantil terminó, y retiráronse los diminutos héroes para dar paso a los granes. Todos los espectadores se hicieron atrás, y el Corro, aquella corona inmensa de abigarrado color de boinas y sombreros, se dilató considerablemente, dejando gran espacio a los mozos que habían de tomar parte en el desafío.

    Por los dos bandos contendientes se presentaba lo más florido, lo más granado, lo mejor de la mocedad. Hombres altos y gallardos, recios como columnas, flexibles como el acero, intrépidos, resistentes, fornidos, vigorosos…

   Cuerpo a cuerpo, de dos en dos y sucesivamente, comenzaron los luchadores aquel pugilato de fuerza y maña. Antes de entrar en el Corro se descalzaban sus férreos zapatos, que quedaban fuera, como babuchas en aquel tempo de la destreza y del vigor. Y descalzos, casi desnudos, se buscaban para asirse el que, después de vencer a su anterior rival, esperaba a otro en medio de aquel anillo, y el que entraba de repuesto a defender su bando y a emprender de nuevo la interrumpida lucha.

   Ya se sabía: en aquel torneo no eran admitidos más jueces que el voto popular ni otras reglas que la costumbre,

   Todos contemplaban anhelantes aquella porfía. Las cabezas, juntas, apiñadas en torno del Corro, semejaban un mar multicolor y de inquieto oleaje. Estrujábanse unos a otros en apretado haz y pestañeando furiosamente bajo aquel sol que retostaba sus caras bronceadas, renegridas, y que hacía de ellas brotar, como de sucios filtros, un sudor pegajoso y negro.

   Los viejos recordaban, contemplando el original combate, los buenos tiempos en que un hombre solo se sostenía luchado un par de horas y tendía en tierra veinte o treinta contrarios ¡Aquellos sí que eranLuches!

   Mostrábanse ensoberbecidos Los Ribereños, augurando una completa derrota a los luchadores de la tierra parda. A ver quién era el guapo que se atrevía con sus mozos, fuertes como castillos, con piernas de bronce y garras de león. Y, en tanto, los de La Terruca escuchaban  bravatas tales con ceño fiero y mirada torva.

   ¡La Ribera…! ¿Qué se creía La Ribera? Porque hubiese vencido en otros pueblos ¿había de ser siempre igual? Pues qué, ¿así, de cualquier modo, se dejan vencer los hombres? ¡No, recristo! Iban a ver ellos quienes eran los de La Terruca. Por algo habían mamado Los Luches toda la vida  y encima habían aprendido tretas de La Montaña.

   Y el Corro, aquella hidra de mil cabezas, aquel monstruo anular agitado por impresiones distintas, por diversos impulsos, ondulaba estrechando el espacio a los luchadores, que, enardecidos por los gritos y reniegos de aquel gentío, continuaban su pelea cada vez con más ardor.

   La contienda había adquirido ya su mayor interés, y la emoción que a todos dominaba era intensísima. Aquellos hombres parecían héroes homéricos. Eran bastantes los que habían caído, pero otros quedaban; y cada nuevo luchador que aparecía en mitad del Corro provocaba formidables gritos entre los labriegos entusiasmados. Y la lucha volvía a empeñarse. Y los dos atletas de agarraban sujetándose por la cintura; y confundiéndose los dos en uno, la cabeza acostada sobre el hombro del rival, encorvado el dorso, vibrando bajo la presión de las garras contrarias, tentándose, arrastrándose uno a otro en estremecido vaivén y acechándose mutuamente con el mirar avisado del tigre que busca un descuido, movían sus pies en danza extraña, como poseídos de un vértigo, y se estrujaban furiosamente con sus brazos nudosos, para ver de tumbar en tierra el cuerpo que oprimían.

  Mostraban descubierto su pecho velludos por entre la burda camisa, que se recogía arrugándose con los pliegues del sudor en que se bañaban sus dueños, quienes se volvían a buscar con más ahínco y, sudorosos, jadeantes, lanzando resuellos entrecortados, con los rostros encendidos, los labios convulsos y las fauces secas, herían la tierra con fuerza, hundiéndose los puños en los vacios y se oprimían con desesperado esfuerzo y con ansia angustiosa y febril, sintiendo que se hinchaban sus venas, próximas a estallar bajo la piel terrosa, en la que se iban marcando oscuras aristas de sangre violácea.

   Retemblaba el suelo bajo los pies desnudos, y la hierba, oprimida, deshecha, soltaba nubecillas de dorado polvo: sutil incienso que la tierra madre, al sentirse acariciada por la brisa ardiente de aquella tarde, ofrecía, cual homenaje mudo, al esfuerzo prodigioso, al vigor sobrehumano.

   -“¡No es caída, no es caída legal!”  -gritaban los del Corro cuando uno de los luchadores conseguía lanzarse al suelo de bruces: suerte casi siempre intentada como último recurso del más débil o del menos mañoso. Y apenas caídos, ya estaban de pie y agarrados de nuevo. Al quedar indecisa la victoria, no se daban hato; volvían a sus prodigios de vigor y destreza; estremencíanse y saltaban en bruscas sacudidas; daban vueltas otras veces con pausado giro, flemáticos, calmosos; quedaban repentinamente fijos en la tierra, clavados allí, como si de pronto nacieran en sus talones anclas invisibles que les adhirieran al suelo; y proseguían después aquella disputa, tenaz y sorda, en que ni el más leve crujir de un hueso se escuchaba (que en ello consistía aquella fiesta de la maña y del poder), hasta que, al fin, ante el esfuerzo desesperado de uno, caía el otro luchador, el rival vencido; y caía de espalda, arqueándose sobre la tierra, como el muelle de acero que salta vibrando al sentirse roto,.

   En derredor de la palestra, los expectantes seguían con creciente interés las mudanzas y alternativas de la lucha. Ya defendían el temple de músculos de un luchador, ya elogiaban la astuta destreza de otro; o discutían la validez de un agarre, o disputaban la legalidad de una caída. Cualquier detalle, el menor incidente, provocaba en el Corro discusiones y protestas apasionadas. Quién apostaba a favor de los suyos medio cántaro de vino; quién, un cántaro; quién, más de uno…, pero todos apoyaban sus apuestas en la misma  base líquida. Gesticulaban con los brazos en altos y crispados los puños, gritando enfurecidos, dirigiéndose mil amenazas, desafiándose con los ojos, emplazándose para otros Corros… Y los gritos de aquel monstruo, de la hidra de mil cabezas, del gran anillo móvil de carne humana, resonaban vibrantes, rasgando aquella atmósfera saturada de calor…

   Caía la tarde. El sol, refugiándose tras su parapeto de vapores anaranjados, enviaba la última luz a las cumbres de los montes, que parecían ceñirse cascos de oro de verde cimera.

    La Ribera vencía, no cabía duda. Inútil toda esperanza de desquite. La Terruca veía como quedaban fuera de combate sus luchadores, como iba desapareciendo por completo el grupo de sus combatientes…

   Era un luchador terrible. La Ribera  podía sentirse orgullosa; ya se veía que tenía hombres. Con aquél bien podía vengar  La Ribera la pérdida de los demás. Aquél era incansable. Desde que él había salido, cuantos luchadores de La Terruca presentara habían rodado a los pies de aquel coloso de gigante fuerza. Ya no quedaban más que tres…, quedaron dos… ¡quedó uno!... Y todos desaparecieron, como engullidos por aquel terrible Gadario, por aquel nuevo Milón de Crotona…

   La hidra se conmovió; rompiose el Corro en cien pedazos; el griterío se hizo formidable; los reniegos que, con el rostro amoratado de rabia, lanzaban los de La Terruca eran contestados por las estentóreas voces de triunfo de La Ribera, segura al fin de que había vencido.

   El sol llameó por vez postrera, envolviendo a las nubes en cascada de oro y dando último beso de fuego a las cimas de los montes, coronadas de fronda virgen. Los campos fueron tiñéndose de los azulados tonos que presagian las sombras de la noche. Con la luz del sol iba a terminar la fiesta. Y los vencidos se dirigían miradas de angustia, interrogándose con los ojos. ¿…No había quien luchara? ¿Iban a dejarlo así? ¡Recristo! ¿Pero es que no había nadie? ¿Ya se habían acabado los luches?

   No, no se habían acabado. Había quien luchara aún. Y el gigante victorioso se halló frente a un nuevo luchador. Era alto, delgado, de gallardo aspecto y de mirada serena y fija. Ya no era un mozo, pero era un hombre.

   -¡Corro! ¡Atrás todos! A ver…

   Y el círculo volvió a surgir como azulada mancha que va extendiéndose. Todos callaron; la ansiedad es muda, y aquella ansiedad era grandísima… ¡Qué silencio…! Se agarraron como quiso el vencedor -que a él le correspondía la mano según las leyes-, y quedaron fuertemente asidos. La lucha comenzó, y apenas empezada comprendieron todos que aquel desafío iba a ser el más tenaz, a pesar de que el cíclope trató, desde el primer momento, de desembarazarse de aquel enemigo inesperado. Era una lucha grandiosa, titánicos los esfuerzos de ambos contendientes; pero el nuevo luchador, que se mantenía a la defensiva, esquivando los ataques, iba perdiendo terreno ya. De pronto, el gigante, con sus recios brazos, levantó a su rival en vilo, y, sacudiéndole en el aire con brutal impulso, se entregó a un giro loco, aterrador… Era un torbellino febril. Producían vértigo aquellas vueltas rápidas que ambos daban, uno en el suelo y otro en el aire… Pero lo inaudito faltaba aún… ¿Cómo fue…? Imposible explicarlo. Es lo cierto que el coloso cayó, que cayó vencido, que rodó maltrecho por tierra, produciendo el estrépito sordo del grueso robles que, abatido por su pie, se derrumba para siempre.

   La campiña se estremeció. Los gritos de antes eran aullidos ahora, rugidos de fieras que recobran la libertad. Pero cesaron al ver que aún quedaban dos luchadores de La Ribera. La pelea fue breve: ambos cayeron a los pies de aquel atleta de fuerza nerviosa, fino, y de una destreza insuperable.

   En triunfo le llevaron hacia el pueblo. La Terruca había vencido con todas las de la ley y gracias a aquel hombre. Las voces de júbilo eran para oírse en toda la comarca ¡Al pueblo a celebrarlo! ¡La Riberatambién! Otra vez sería ella la que venciese.

   Anochecía ya; la campiña fue quedándose sola y muda; escuchábanse las canciones del pueblo, entonadas con la fuerza que respira lo que brota del corazón; seguía gimiendo la dulzaina, acompañada del tamboril; los pájaros lanzaban los últimos gorjeos de aquel día; las ovejas, que allá en las laderas parecían dibujar un extraño y viviente mosaico, dejaban escapar sus balidos débiles. Confundiéndose con el tintineo de sus esquilas; venía de allá la respiración de los montes, como aliento cansado que abatía suavemente las copas de los árboles y cosquilleaba entre las hojas, refrescando con su brisa los ardores del bochorno estival. Y todo, juntamente, brisa y gorjeos, árboles y hojas, gritos y balidos, gemidos y canciones, parecía sumirse en la noche que llegaba, hundiéndose en la sombra, apagándose en la lejanía, perdiéndose en el silencio misterioso que sirve de fondo al anochecer…

   Y cuando aún las voces y los gritos se oían allá en el pueblo, tocaron EL ANGELUS las campanas de las aldeas esparcidas por la llanura, dejando oír sus ecos perdidos por aquello contornos y contestándose unas a otras, como centinelas de una ciudad sitiada que enviasen el alerta con lenguas de bronce. Sus sonidos, lentos, ásperos, quejumbrosos, convidaban a la quietud sublime del atardecer y parecían obligar al reposo de la naturaleza, a la calma de la noche, como si tan solo vinieran para imponer silencio a aquella raza de titanes…

 

 

 

 

 

 

 

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